SE CASARON Y FUERON FELICES

Cada vez que vamos a una boda, nos llenamos de alegría de ver como están de enamorados los nuevos esposos, incluso vemos parejas de novios que están próximos a casarse y novios que apenas inician una relación, pero que ven con toda ilusión el acontecimiento y se esfuerzan por demostrar su gran amor al otro.

¿Que pasa cuando ves parejas que solo llevan uno o dos años de casados y ya han perdido la ilusión en la mirada?

El matrimonio no es un punto de llegada, al contrario es un punto de partida. Es el inicio a la vida matrimonial. Cuando se es novio, se piensa y se cree que en el matrimonio nunca se tendrán dificultades, todo será maravilloso, así como ha sido en el noviazgo, pero una vez iniciada la convivencia diaria se enfrentan cara a cara el verdadero “yo” de cada uno. Salen a relucir las cualidades y virtudes más hermosas pero también los defectos más arraigados de cada quién.

La luna de miel es la experiencia maravillosa en la que la pareja entra de lleno a esa nueva etapa, a conocer a ese “otro ser” al que le prometí amor infinito y con el que estoy dispuesto a compartir el resto de mi vida. Es muy importante que en esos momentos se haga todo el esfuerzo por cimentar la vida matrimonial que se inicia. Que el amor sea la base para fortalecer esa unión.

El primer año de vida matrimonial, es un año de adaptación, de ajustes, de ceder, de conocer, de perdonar; es cuando empiezan a relucir del fondo de cada quien lo que siempre estuvo oculto en el noviazgo. Es la etapa de ajuste físico, emocional y espiritual. Muchas veces aparece la pregunta ¿Con quién me casé?

Esto no quiere decir que nunca existirán conflictos y discusiones, pero la forma de solucionar esos conflictos, la comunicación abierta que se tenga y el compromiso de superar esas situaciones, es lo que ayudará a mantener la unión. Es muy importante la actitud que se tenga ante las expectativas que se hayan creado.

Esa primera etapa en el matrimonio puede convertirse en un año de desilusiones o de fortalecimiento. Si se ve el matrimonio como una fecha a la que se llegó para tener una boda de cuento, que todo el mundo recuerde por haber sido la fiesta más divertida, el vestido mas hermoso o la decoración más vanguardista, será el inicio de una vida de infelicidad. Se debe de recordar a esa pareja no por haber tenido la mejor boda, sino por haber vivido el mejor matrimonio durante toda su vida.

La pasión que se vive en esa primera etapa no debe de desaparecer nunca, debe de fortalecer la ilusión del vivir unidos. La belleza física desaparece, y el encuentro espiritual del “ya no son dos sino uno” debe de perpetuarse. Los nuevos esposos deben de dejar de apoyarse en papá y mamá, deben de aprender a vivir esa vida de “casa para dos”, casados.

El matrimonio no es un recurso para cubrir carencias afectivas o remediar conflictos personales, no es para seguirle la corriente a los demás o un pasatiempo, no es únicamente para poderse realizar como padres sin aprender a ser primero cónyuges, no es para escaparse de la casa paterna.

El matrimonio es una vocación de vida, es la mejor sociedad compuesta por un hombre y una mujer para vivir en común, es la mejor decisión para trascender en la vida proyectando su amor a través de los hijos.

 

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